Querida Victoria, te escribo para darte una triste noticia.
Dejé que todo siguiera su curso para ver si así podía sorprenderme, por si el fallo se encontraba en mi obsesión por cambiar el transcurso del destino. Pero el problema está en que ese camino parece llevarme sin remedio adonde no quiero ir, me guía poco a poco a ese abismo al que no quería enfrentarme.
Se acaban las palabras, ya no sale fuego por la boca y las hojas sólo caen, no se dejan llevar por el viento. El poema otoñal pereció en cuanto llegó el invierno, el fuego de aquella hoguera se apagó con la lluvia primaveral, y ahora las rosas se secan con el sol de junio mientras mi vida se consume poco a poco sin poder hacer yo nada para cambiarla. Oh, todo lo que sentí ha quedado atrás, ya no queda forma alguna con la que poner en orden mis propósitos, mis ambiciones, mis sentimientos. El deseo se atenúa y todo parece a simple vista ir mejor que antes, pero se me acaban las fuerzas para continuar y echo de menos algo de aquel infierno en el que decidí refugiarme para ver si ardían mis horas de agonía, pero fuera de eso me enfrío.
¿Por qué te fuiste, Victoria? A veces siento que, estés donde estés, guardas esa rosa para mí, para cuando vuelva a verte, pero me da rabia olvidarme de ti en estos momentos, porque hacerlo supone dejar atrás una parte de mí mismo y no, no quiero hacerlo, pero sospecho que no me queda opción alguna. Me molesta saber que llevabas razón, que no te amaba tanto como parecía, de hecho en ocasiones tiendo a pensar que en el amor soy tan poco constante como conmigo mismo.
Esta noche se ha incendiado una cabaña y he pensado en ti, pero antes de eso me he parado a mirar las llamas y algo me recordó que una tormenta de arena barrió mi memoria, y por eso he decidido ir a buscarte hoy debajo de las dunas, al lado de la playa de piedras en la que se edificó nuestro amor. En ese desierto todos los castillos son de arena, las penas se van con el sol y, de noche, hace mucho, mucho frío. Por eso te tengo que decir que, la próxima vez que un torbellino entierre nuestros corazones, no sé si podré volver a coger la pala para buscarte, y no quiero dejarte con la carga de tener que hacerlo por mí, porque no te mereces atarte a una persona que ni es capaz de acordarse de lo que sentía por ti, no quiero que estés ahí cuando el viento del norte se ensañe con nuestro amor, cuando mi mente se erosione, de nuevo.
Y ahora no sé si te amo, lo que sé es que cada día me duran menos tus promesas, tus besos suspendidos en el aire. Cada día me apasionan menos tus rompedoras críticas y cada día añoro menos tu voz. No sé si me duele o simplemente estoy olvidando eso también. De hecho ni tan siquiera me expreso como es debido en esto que te estoy escribiendo, que no sé aún si es una carta, una revelación, una ruptura o simplemente un amago de mantener el contacto contigo sin poder evitar serte sincero, y ni aún estoy seguro de eso. A lo mejor la rosa se está secando.
Si mañana muero no quiero que busques mi tumba, no quiero que llores una eternidad por lo que fui para ti, porque ya se me están acabando las fuerzas para querer por encima de todo que permanezcas a mi lado. Llegados a este punto me quedo con que seas feliz, con que no te preocupen mis sentimientos, nada de lo que me pueda pasar, ni siquiera la muerte.
Adiós, recuérdame por siempre.
-Y si había algo más escrito las lágrimas lo borraron-
Herr Straßermann.