lunes, 22 de junio de 2009

Mar

Un beso frágil sobre la arena, un golpe fuerte de sal contra la nariz, más conmovedor que el impacto que derraman las montañas azules que enmarcan en un instante al horizonte sobre la piedra, tan frágil, y entre las rocas, susurrando con una suavidad quizás comparable a la concha que, sin querer, se ha posado junto a la huella de la espuma del mar, se escucha la sinfonía de una eternidad de silencio, vida, soledad y pasión que no se cansa de terminar un preludio de atardeceres, luna llena y sol abrasador sobre lo más parecido a Dios que he contemplado en mi cortísima vida.

Y, de repente, a mitad del libro, se encontró con una página que le incitó inevitablemente a volver al principio, a darse cuenta de que jamás debería haberlo empezado. Inmediatamente después se fue corriendo a la orilla, novela en mano, y arrojó las letras eternas lo más cerca de la luna que pudo, ya que no podía esperar a que el sol de verano las quemase.

Guárdate las rosas, le dijo, ahora sólo queda tiempo para dejarlas crecer, sin pensar en quién se merece que se las regales. ¿Un beso? Darte un beso sería como un suicidio (tu suicidio), no queda forma alguna de hacerte saber cuánto significas para mí, pero tampoco es propicio ningún tipo de voluntad para que te percates de ello, ya no.

Pero dejarás tu corazón en el mar, junto con las ganas de seguir rajándote la garganta. Tu destino es tuyo y no se parece a ninguno de los que hayas podido ver hasta ahora.

-Y en cuanto se dio cuenta se dirigió a la cama, cerró los ojos y durmió. Como un león que encuentra un hueco entre las rocas, entre sus rocas.-

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