jueves, 28 de mayo de 2009

La Rosa

Verás, Victoria, voy a irme por mucho tiempo fuera de este lugar, de “nuestro” lugar. No sabes cuánto lamento mi partida, pero es necesario y sé que si superamos esto ya nada podrá con nosotros, ya nada nunca nos arrebatará al uno del otro.

Es que puedo decirte que desde el momento en el que te vi no has dejado de sorprenderme, en cada instante tu voz parecía más dulce que en el anterior, y poco a poco se me ha ido olvidando la realidad, he valorado cada segundo, incluso sabiendo que no te podía besar apasionadamente, que mis impulsos debían contenerse, pero poco a poco me enseñaste que valía la pena esperar por ti, y ahora te pido que esperes tú por mí.

Y es que lo que para algunos parecen segundos para mí han sido milenios. Hasta que llegaste estuve prácticamente una eternidad pensando que jamás me lanzaría al vacío, aunque para ti a lo mejor puedan ser semanas, pero créeme que si pudieras sentir lo que yo siento, y vendería mi alma al mismísimo Satanás si eso fuera así, créeme, si sintieras lo que yo siento sabrías que no son sólo palabras, y si lo fueran hazme caso que podría estar hasta el fin de mis días repitiéndolas sin parar. Sé que no te van a atar a mí como me gustaría que lo hicieran, y sé que ves lo vulnerable que soy ante ti en este momento, pero quiero que sepas que un corazón late por ti, y aunque nos separen millas te prometo que seguirá palpitando con el simple aroma de tu recuerdo, Victoria.

-Un tallo lleno de espinas, mil capullos color burdeos y una rosa carmesí-

Mírala, Victoria, parece que se ha inclinado sobre nosotros para custodiar nuestros corazones por siempre. Cómo envidio a las rosas, saben más del amor en lo que tarda en acabar el mes de mayo que nosotros en toda una vida de tortura y pasión. Es tan roja como tus labios, tan bella como tus ojos y tan pérfida como la inseguridad que ahora mismo me corroe por dentro. Pero aun así sé que mientras ese color rojo exista, mientras esa belleza salvaje sepa capturar tu mirada, mientras sepa guardar los besos que te guardaste para mí, mientras sepa cautivarme una milésima parte de lo que me cautiva tu voz, la voz de tu alma. Sí, necesito tenerla junto a mí, necesito arrancarla para saber que te tendré aquí por siempre. No, no hace falta que me digas nada, mientras tenga esta rosa en mis manos sabré que estarás para mí, ahí, por siempre.

-Se dispone a cogerla. De repente una espina se le clava en medio de la mano y comienza a caer un reguero de sangre, se ve obligado a apartar la mano y a alejarse de la rosa.-

Si es que llevo razón. Esta maldita rosa sabe incluso cómo hacerme daño, sabe cómo ser bella sin dejarse tocar, sin dejarse arrancar, tiene más dignidad de forma natural que la que intento tener yo de todas las formas posibles. Quiero demostrarte que te amo, y necesito esa rosa para hacerlo, quiero que haya algo que nos ate por siempre. Porque esa rosa es como tu corazón cuando me vaya de aquí, pletórica de belleza guardada para mis noches, pintada de rojo por tu boca ausente y rodeada de espinas que impidan tocarla. Y es que no puedo tocarla, no puedo hacerme con ella y no soy capaz de deteriorar esa belleza. Te prometo como no he prometido nada en mi vida que mientras tenga la rosa para recordarte te amaré por siempre, así estaré seguro de que nada te podrá amar más mientras yo no esté, y entonces sabré que tienes una razón por la que sonreír. Y créeme que tengo razones para ver en esa flor un augurio de la nostalgia corrosiva que sentiré mañana al no poder verte, pero te amo tanto que ya ni puedo pensar en mí, así que si hace falta me desangraré aquí mismo si con eso puedo conseguir llevarme esta flor, y llevarte conmigo hasta que volvamos a vernos.

-Ella extiende la mano y el tallo que sujeta la rosa parece haber querido desprenderse del matorral-

Llevaré esta rosa conmigo, mi amado, sólo para saber que algún día vendrás a recogerla. Tú tendrás que confiar a cambio en que yo la cuidaré más que a mí misma, y que si se marchita con ella lo hará mi corazón, y ya sólo quedarán espinas. Y ese rojo no es el rojo de mis labios, sino el rojo de la sangre que pensabas derramar al intentar llevar mi corazón contigo. No, mi amor, se quedará aquí a mi lado, y serás tú el que tendrá que tener fe en que te estará esperando a tu regreso. Para que me recuerdes como soy en realidad, para que no me confundas con una simple concubina.

Bésame, Victoria.

¿Aún no comprendes, amor, que tus besos son espinas?

Herr Straßermann

miércoles, 27 de mayo de 2009

Insomnio

¿Qué haces despierta a estas horas? Entiendo que no puedas conciliar el sueño después de todo lo que ha pasado hoy. Apenas quedan flores en el jarrón y casi parece gritar el reloj al dar las doce, pero las doce pasaron hace ya un rato y entiendo que no te preocupen este tipo de cosas. Tengo que confesarte que tus silencios me destrozan por dentro cada vez que pienso en cómo podrás contestarme y no lo haces, no sé si es que no me escuchas o es que no tienes nada que decir, y en cualquier caso me afectaría, pero estoy demasiado cansado como para preocuparme por eso.

En realidad me he despertado para verte, sabía que ibas a estar aquí, dejándote llevar por el transcurso progresivo de las horas y ni quiero pensar en si has recapacitado sobre lo que te he dicho esta tarde. Como sé que bajo ninguna circunstancia las palabras sobran me gustaría abrirme un poco más a ti, no por otra cosa sino por inseguridad, y siempre pienso que contar las cosas así tal cual te proporciona mucha más firmeza en la toma de decisiones, o al menos se supone que es así. Yo por lo pronto estoy absolutamente desconcertado, no todos los días confiesas tu amor a alguien que, probablemente, no se lo espera, y comprendo perfectamente que necesites tu tiempo para recapacitarlo, pero no puedo evitar estar impaciente porque, como bien sabes, soy una persona muy insegura a la hora de decir cosas como ésta, y como te considero especial no quiero pensar que las cosas van a cambiar entre nosotros después de lo que te he dicho, porque créeme que lo último que quiero en este mundo es hacerte daño, y sé muy bien que perderme te lo haría, no por otra cosa sino porque sé que muchas veces piensas en mí, aunque no estés enamorada, pero al menos lo haces, sea como sea, y eso me da la serenidad que necesito porque significa que dedicas parte de tu tiempo para que pueda invadirte la cabeza, y hazme caso, en este momento no lo puedo concebir de otra forma que como lo concibo yo.

Si es que son años de soledad, a veces intento discutir con el destino para que cambie un poco por mí, pero me parece que es él el implacable, por mucho que me pese. Y es que aunque parezca que soy muy vulnerable me mantengo en mis principios, el único miedo que tengo en este momento es el de que te alejes de mí a más distancia de la que estamos, no de que me quites la boca, sino la mano. He perdido la cuenta de las noches que he pasado cenándome los recuerdos de tu sonrisa, abrazando al aire simplemente por poder albergar un espejismo de tu persona, besando las amapolas y susurrando a tu puerta.

Y mírame ahora, no me callo ni queriendo, ni me dejo impresionar por la imagen que da de mí esta situación, tampoco me dejo llevar por mis miedos, lo que estoy haciendo es una especie de suicidio emocional por ti y, si no lo ha hecho ya, es cuestión de tiempo que se vuelva absolutamente irremediable. Sé que es precipitado pero creo que te quiero y que nadie te querrá jamás como yo lo hago, nadie podrá igualarme y no sé cómo hacer para que comprendas que para ser feliz sólo tienes que venir conmigo, que ya me ocuparé yo de llevarte de la mano hacia nuestra Hesperia particular.

-Llanto y subida de tono-

¿No te das cuenta de cómo estoy? No comprendo en absoluto por qué eres tan insensible conmigo, por qué ni siquiera me respondes ni por qué me abandonas delirando por tus huesos. Acepto que no me quieras pero por lo menos necesito saber que te importa cómo estoy, que me estoy ahogando sin ti, que por tu mirada yo lo doy todo, que me rindo ante tus labios y no me importa decirlo. Ya me da igual qué me digas, pero por favor, dime algo…

-Aproximación, manta en regazo, ojos oníricos, mueca placentera, sonrisa y despertar repentino-

-¿Estabas dormida?

-Estaba soñando contigo.

Herr Straßermann

El ocaso

Si es que me mata este cambio, Victoria, me he pasado los últimos dos años esperando a que todo siguiera por el mismo bucle de aleatoriedad, pero es como si de repente todo se hubiera parado y sólo quedase tiempo y espacio para la conformidad, y si esto es una lección me parece que no quiero seguir aprendiéndola, si le digo la verdad.

Hoy me he visto a mí mismo como en un zulo enterrado bajo la tierra, a varios metros bajo el suelo y sin posibilidad alguna de mirar al exterior. Antes solía utilizar la claridad del cielo como último recurso para darle sentido a la vida, pero últimamente ya parece que ni capto eso, pero supongo que será otra fase, y no sé por qué pero últimamente está cobrando sentido, y me da absolutamente igual si mañana me demuestran que me estoy equivocando en lo que digo. Pero hay un problema, y es el atardecer. En aquel entonces contemplaba el ocaso como el niño que contempla un escaparate de juguetes en fechas próximas a Navidad, como el amante que se despierta de madrugada y se queda anonadado mirando a su pareja sintiendo la plenitud del sentimiento que embriaga la habitación tras capitular sus gritos y sudores. Y es que junto a la basura hay un cuerpo, señorita, y ese cuerpo que parece consumido para siempre tiene una esperanza, vana desde fuera, no sabría ser claro en eso (ni en eso ni en muchas otras cosas, supongo), una estrella pequeña pero muy resplandeciente, que espera su hora para volver a incrustarse en el firmamento, como presume haber hecho antaño.

Pero es que desde un agujero sin luz no se puede saber cuándo atardece, y el atardecer es como el amor verdadero, no espera a nadie. Se pasa el vagabundo día tras día en su pequeño vertedero particular intentando predecirlo, anota la hora y el instante en que atardeció ayer, pero de nuevo falla, es demasiado tarde, y ya no le quedan fuerzas para despertar más temprano de lo que debería, siempre se deja llevar por su intuición y no se da cuenta de que está viendo pasar la vida frente a sus ojos sin mover un dedo para alcanzar sus sueños. Maldice al día por terminar diez minutos antes de lo que sueña, odia a la noche por haberle quitado la luz del sol. Y mientras se apoya en una farola, mira pasar las multitudes pretendiendo permanecer inerte ante el cambio, y cuando se da cuenta de que lo que está haciendo está mal rompe en ira y apaga todas las luces de la ciudad de un grito.

¿Quién le iba a decir hoy al pobre romántico que a las diez de la noche no era todavía de noche?

Quimera

lunes, 25 de mayo de 2009

Das Wasser soll dein Spiegel sein

Ya no se escriben poemas por aquí, la música los ahogó en una rebelión de acordes que ensombrecieron su propio valor. La rima sería redundante en un texto sordo, un amago de recuperar la gloria pasada, es imposible mostrarse desobediente ante la dictadura de la tendencia, es imposible bañarse en letras y encontrar allí un jardín, un jardín que se inventó en letras y que, hoy por hoy, la voz del decadente vagabundo, del bohemio de voz penetrante, hace de un vertedero algo muchísimo más atractivo.

Y es que ya no queda nadie capaz de saborearlo, no está de moda la sensibilidad, no está de moda enamorarse de un golpe de brisa otoñal, no. No podrás enamorarte más, no podrás comprender el por qué de los impulsos, jamás sabrás por qué te hicieron sentirte así, jamás le verás la cara al verdugo, un verdugo moribundo, quizás, a lo mejor estaba enamorado de ti, nunca lo sabrás. Si es que los poemas no pueden hacer que el verdugo se quite la capucha, que el verdugo se arrodille ante ti, que ponga la cabeza en el tocón y que le apasione la idea de ser decapitado.

A veces siento que exploto, que no puedo dibujar siquiera el boceto de lo que siento, pero sé muy bien lo que tengo que hacer, y que eso es sólo para mí, para mí y para nadie más. Si es que en dos horas puedes sentir cómo todo se tambalea, cómo un huracán de sinceridad y arena destroza toda esa casa que tardaste dos meses en construir, un guiño del pasado que, una vez más, ha conseguido engañarte de una forma tan magistral que debería subyugarte a su voluntad de una vez por todas, así como tus rodillas ya están desolladas de tanto estamparse contra el suelo.

¿Quieres dejar de intentar mirarte a ti mismo desde la lejanía? Si es que ha pasado tanto tiempo desde que presumías ser feliz, ha llovido tantísimo que no sabes siquiera cómo empezar a darle vueltas a tus problemas, y por otra parte anhelas que haya algo que te persuada de ello, pero ese algo no llega y te da muchísima rabia, es entonces cuando empiezas a hacer estupideces pensando que hay algún tipo de panacea que cure todas tus enfermedades, y lo único que logras con eso es seguir rizando el rizo. Eres mucho menos importante de lo que pensabas y no aceptas la realidad de ninguna forma.

Pues si el ego es el problema no se ve con claridad en ningún momento, a veces no sé por dónde buscar para lograr lo que quiero, y eso se puede ver sin darle demasiadas vueltas. Mi vida está perdiendo el encanto poco a poco y ya ni me planteo concebirme a mí mismo desde fuera, porque no queda nada sobre lo que sostenerse. A veces, sin pensarlo, me aferro a una fe ciega en mi persona, pero tan ciega que ni ve su razón de ser, a lo mejor es pura decadencia o sólo una muestra de cómo soy en realidad, no lo sé, pero en ocasiones me dan ganas de gritar a los cuatro vientos, de explotar en medio de una sudorosa multitud para que se den cuenta de una vez por todas de que aquí no hay ningún perdedor.

¿Pero no te das cuenta de lo sumamente simple que eres? Después de darle mil vueltas a tus problemas has llegado al fondo de todo basándote en una afirmación muy simple, te limitas a mostrarte como un ser competitivo y quieres ser mejor que los demás, no eres fiel a tus principios y ahí está el patetismo de tu persona, a lo mejor si dejases de ver la vida como algo tan lineal no te llevarías las decepciones que constantemente te llevas. A lo mejor lo decadente no es el mundo sino tú, y deberías empezar a aceptarlo.

Ya no quedan fuerzas para aceptar nada, para seguir pensando, tampoco poemas en los que refugiarse ni musas que soplen entre los acordes de una melodía triste y patética. Sé que por mucho que escriba jamás lograré con ello lo que busco, ni siquiera algo tan banal como el dinero, la cerveza o la felicidad, que hasta el ser más repugnante puede acceder a ella democráticamente con las mismas papeletas, o quizás más, que yo. Ya no quedan más palabras que decir ni más recuerdos en los que regodearse.

Fin.

Quimera