miércoles, 27 de mayo de 2009

El ocaso

Si es que me mata este cambio, Victoria, me he pasado los últimos dos años esperando a que todo siguiera por el mismo bucle de aleatoriedad, pero es como si de repente todo se hubiera parado y sólo quedase tiempo y espacio para la conformidad, y si esto es una lección me parece que no quiero seguir aprendiéndola, si le digo la verdad.

Hoy me he visto a mí mismo como en un zulo enterrado bajo la tierra, a varios metros bajo el suelo y sin posibilidad alguna de mirar al exterior. Antes solía utilizar la claridad del cielo como último recurso para darle sentido a la vida, pero últimamente ya parece que ni capto eso, pero supongo que será otra fase, y no sé por qué pero últimamente está cobrando sentido, y me da absolutamente igual si mañana me demuestran que me estoy equivocando en lo que digo. Pero hay un problema, y es el atardecer. En aquel entonces contemplaba el ocaso como el niño que contempla un escaparate de juguetes en fechas próximas a Navidad, como el amante que se despierta de madrugada y se queda anonadado mirando a su pareja sintiendo la plenitud del sentimiento que embriaga la habitación tras capitular sus gritos y sudores. Y es que junto a la basura hay un cuerpo, señorita, y ese cuerpo que parece consumido para siempre tiene una esperanza, vana desde fuera, no sabría ser claro en eso (ni en eso ni en muchas otras cosas, supongo), una estrella pequeña pero muy resplandeciente, que espera su hora para volver a incrustarse en el firmamento, como presume haber hecho antaño.

Pero es que desde un agujero sin luz no se puede saber cuándo atardece, y el atardecer es como el amor verdadero, no espera a nadie. Se pasa el vagabundo día tras día en su pequeño vertedero particular intentando predecirlo, anota la hora y el instante en que atardeció ayer, pero de nuevo falla, es demasiado tarde, y ya no le quedan fuerzas para despertar más temprano de lo que debería, siempre se deja llevar por su intuición y no se da cuenta de que está viendo pasar la vida frente a sus ojos sin mover un dedo para alcanzar sus sueños. Maldice al día por terminar diez minutos antes de lo que sueña, odia a la noche por haberle quitado la luz del sol. Y mientras se apoya en una farola, mira pasar las multitudes pretendiendo permanecer inerte ante el cambio, y cuando se da cuenta de que lo que está haciendo está mal rompe en ira y apaga todas las luces de la ciudad de un grito.

¿Quién le iba a decir hoy al pobre romántico que a las diez de la noche no era todavía de noche?

Quimera

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