Ya no se escriben poemas por aquí, la música los ahogó en una rebelión de acordes que ensombrecieron su propio valor. La rima sería redundante en un texto sordo, un amago de recuperar la gloria pasada, es imposible mostrarse desobediente ante la dictadura de la tendencia, es imposible bañarse en letras y encontrar allí un jardín, un jardín que se inventó en letras y que, hoy por hoy, la voz del decadente vagabundo, del bohemio de voz penetrante, hace de un vertedero algo muchísimo más atractivo.
Y es que ya no queda nadie capaz de saborearlo, no está de moda la sensibilidad, no está de moda enamorarse de un golpe de brisa otoñal, no. No podrás enamorarte más, no podrás comprender el por qué de los impulsos, jamás sabrás por qué te hicieron sentirte así, jamás le verás la cara al verdugo, un verdugo moribundo, quizás, a lo mejor estaba enamorado de ti, nunca lo sabrás. Si es que los poemas no pueden hacer que el verdugo se quite la capucha, que el verdugo se arrodille ante ti, que ponga la cabeza en el tocón y que le apasione la idea de ser decapitado.
A veces siento que exploto, que no puedo dibujar siquiera el boceto de lo que siento, pero sé muy bien lo que tengo que hacer, y que eso es sólo para mí, para mí y para nadie más. Si es que en dos horas puedes sentir cómo todo se tambalea, cómo un huracán de sinceridad y arena destroza toda esa casa que tardaste dos meses en construir, un guiño del pasado que, una vez más, ha conseguido engañarte de una forma tan magistral que debería subyugarte a su voluntad de una vez por todas, así como tus rodillas ya están desolladas de tanto estamparse contra el suelo.
¿Quieres dejar de intentar mirarte a ti mismo desde la lejanía? Si es que ha pasado tanto tiempo desde que presumías ser feliz, ha llovido tantísimo que no sabes siquiera cómo empezar a darle vueltas a tus problemas, y por otra parte anhelas que haya algo que te persuada de ello, pero ese algo no llega y te da muchísima rabia, es entonces cuando empiezas a hacer estupideces pensando que hay algún tipo de panacea que cure todas tus enfermedades, y lo único que logras con eso es seguir rizando el rizo. Eres mucho menos importante de lo que pensabas y no aceptas la realidad de ninguna forma.
Pues si el ego es el problema no se ve con claridad en ningún momento, a veces no sé por dónde buscar para lograr lo que quiero, y eso se puede ver sin darle demasiadas vueltas. Mi vida está perdiendo el encanto poco a poco y ya ni me planteo concebirme a mí mismo desde fuera, porque no queda nada sobre lo que sostenerse. A veces, sin pensarlo, me aferro a una fe ciega en mi persona, pero tan ciega que ni ve su razón de ser, a lo mejor es pura decadencia o sólo una muestra de cómo soy en realidad, no lo sé, pero en ocasiones me dan ganas de gritar a los cuatro vientos, de explotar en medio de una sudorosa multitud para que se den cuenta de una vez por todas de que aquí no hay ningún perdedor.
¿Pero no te das cuenta de lo sumamente simple que eres? Después de darle mil vueltas a tus problemas has llegado al fondo de todo basándote en una afirmación muy simple, te limitas a mostrarte como un ser competitivo y quieres ser mejor que los demás, no eres fiel a tus principios y ahí está el patetismo de tu persona, a lo mejor si dejases de ver la vida como algo tan lineal no te llevarías las decepciones que constantemente te llevas. A lo mejor lo decadente no es el mundo sino tú, y deberías empezar a aceptarlo.
Ya no quedan fuerzas para aceptar nada, para seguir pensando, tampoco poemas en los que refugiarse ni musas que soplen entre los acordes de una melodía triste y patética. Sé que por mucho que escriba jamás lograré con ello lo que busco, ni siquiera algo tan banal como el dinero, la cerveza o la felicidad, que hasta el ser más repugnante puede acceder a ella democráticamente con las mismas papeletas, o quizás más, que yo. Ya no quedan más palabras que decir ni más recuerdos en los que regodearse.
Fin.
Quimera

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