Apenas recordaba qué hora era. A través de su mirada sin fuerzas se podía percibir el asfalto, un camino que, para cualquier transeúnte, habría pasado inadvertido, pero en su estado ni siquiera podía contemplar el levantarse y caminar erguida como una posibilidad. La noche la había destrozado y no había forma de dar marcha atrás.
Siempre le habían gustado los cuentos de hadas. Cuando era pequeña soñaba con un príncipe azul que la rescatase de su torre de marfil custodiada por un dragón borracho. Quizás comenzó a soñar demasiado pronto, desde fuera podía contemplarse una inocencia desollada por los cuchillos de su vida ingrata, y a lo mejor su inteligencia la hizo ver más allá de las simples apariencias. Una mañana se hartó y tiró sus muñecas, su príncipe azul se convirtió en algún adolescente rebelde sediento de un fuego que sólo ella podía proporcionarle, el dragón resultó ser un tipejo que podía abandonar en su castillo los fines de semana sin que se diera cuenta, y poco a poco se vio convertida en una amazona, una luchadora que había decidido plantarle cara a la vida con una pícara sonrisa y unas agallas tan bien puestas que valiente era el villano capaz de plantarles cara. De repente su vida pasó de ser un sueño a ser una novela negra condimentada con un buen escote, música electrónica y unos tacones tan altos como el orgullo con el que fue caminando hacia la libertad con paso firme desde Warschauer hasta Tegel.
Sin embargo seguía añorando sus cuentos, olvidó cómo la niña ingenua y temerosa de todo había logrado dejar atrás todo miedo e inseguridad, y ya ni siquiera recordaba el olor que tenía la mañana al despertarse, había olvidado lo que significaba madrugar, el sabor de las cerezas del patio de la casa de Wannsee, la fragancia de las rosas de mayo. Aun así no olvidaba el sabor del tabaco, de las tortas de mantequilla recién hechas por la mañana después de una noche de ebria vigilia, de la bilis rajándole la garganta mientras comprendía que quizás había bebido demasiado, el aroma de los conciertos, del sofá del número veintinueve de Friedrichstraße, del cuello de Matt, del humo que se escapaba de aquel trozo de papel de plata.
Y sin darse cuenta había amado y odiado tantísimas veces que ya no quedaba nada por aprender. Se percató de la intrascendencia de su ser más pronto de lo que pensaba, obligada a vomitar la realidad tan repentinamente que, casi fugazmente, los únicos que siguieron con ella fueron sus cuentos, las historias que le contaba al primo Daniel de pequeña, los líos amorosos con aquel chico que en realidad ni sabía que ella existía, las famosas conferencias sobre física nuclear de su abuela Agnes la limpiadora, su novio suizo que la llevó en limusina a París la noche en que le pidió el matrimonio que nunca se consumó, tantos eran sus cuentos y tan pocas las páginas de su memoria...
Pero sus cuentos son una especie de mezcla entre los turbios recuerdos de su pasado y unos sueños que jamás podrán terminar de cumplirse. Aunque si se intentaran salir del pasado, de su pasado, inmediatamente alguien levantaría la voz, el puño en el aire y los afilados colmillos desenfundados y listos para comerse de un bocado el mundo entero si hace falta para decir que los sueños son una rotunda estupidez, que la vida es demasiado complicada como para soñar, que hay que actuar y dejarse llevar por el impulso de la vida - “menos lobos, caperucita” - dijo desde su quemada torre.
Y sufrirá la ira de su implacable rencor todo aquel que se atreva a morir sin su permiso, quien tenga el valor de llamarla mentirosa, de negarle el saludo o de decirle lo que no quiere oír. No quedarán besos en los labios de sus príncipes para paliar sus imperdonables errores, las últimas palabras de Romeo fueron “¿qué coño lleva esta mierda?” hace ya treinta y siete sábados. Las ninfas se han montado una orgía con los querubines en el callejón en el que vomitó cuando aún creía estar libre de pecado, le han pegado una paliza a Tristán por meterle mano a Isolda por debajo del vestido y Electra ha matado a Edipo al verlo enrollándose con su padre, Barbie se está metiendo una ralla de MDA en el cuarto de baño mientras Ken le manda un mensaje a Nancy diciéndole de pasarla a recoger en veinte minutos en su descapotable y llevársela a un descampado, y no sabía aún por qué seguían carretera adelante, hacía media hora que pasaron por la puerta del cine…
Intentó alzar la vista como pudo, al parecer hacía rato que era de día, pero parecía hacer muchísimo más frío que anoche. Oskar estaba sentado a su lado, sin apenas poder moverse, todavía tenía una jeringa clavada en el antebrazo, pero a ella ya no le preocupaba lo que pensaran la gente de bien que viese el deplorable estado de una juventud que había logrado marchitarse en menos de cinco años. Se levantó como pudo y sintió cómo su propio hedor la envolvía, el vestido estaba más que roto y ni se paró a pensar qué habría sido de su maquillaje. Comenzó a andar hacia el número veintinueve, sin echar la vista atrás corrió calle arriba, sentía cómo su propio pasado la estuviera envolviendo, entonces aceleró el paso. Los dos tacones se le habían roto, pero ella continuó su carrera, realmente estaba sintiendo miedo, pero de repente comenzó a llover y el tiempo se paró.
“Un tren jamás se para hasta haber llegado a su destino”, pensó mientras una gota llegaba al labio saltándose todas las leyes de la lógica. No sabía si era lluvia, sudor, rinitis o una lágrima que se le había escapado del ojo sin pedir permiso siquiera, pero no podía cargarle el peso de sus frustraciones, porque esa lágrima había roto las cadenas de una prisión enterrada bajo arena en lo más oculto de sus sueños, esa magia que la envolvía cuando deleitaba a su público con las historietas más alucinantes jamás inventadas por el ser humano, el toque de dramatismo mezclado con un tesoro de vidas ajenas, experiencias realizadoras y un chorro de Jägermeister para hacer menos dolorosa su propia existencia. Y sin haberlo contemplado siquiera comenzó a ver el letrero de la estación central.
En ocasiones hasta ella se percataba que su vida era algo así como un bombardeo, condenada por lo impredecible de los estallidos, en alerta constante. Y se cansaba de guerra, sólo las voces de su pasado, que siempre sería mejor que su presente, eran capaces de calmarla sin que el horror que suponía el miedo a la pérdida de lo que, poco a poco, ha logrado perder importancia por sí solo desaparezca por completo. Algo así como un pánico irracional a perder lo que le quedaba de memoria, el amor perdido y los fracasos, la justificación a una vida que nadie, salvo ella, querría vivir… ¡deja de mirarme las tetas, cabronazo!
No la iba a dejar en paz jamás, el paso del tiempo no era suficiente como para librarla de aquel infierno, las lágrimas no cesaban, y las suyas ya se habían secado. Los rostros ya eran de mármol ennegrecido y el tronco del tercer árbol a su izquierda estaba lleno de pintadas, una auténtica estupidez pensar eso en aquel momento, pero de repente todo se había parado. Pero su corazón no se paraba y esa era su agonía. La paz ya se le había terminado y la vida se le echaba encima como un buitre carroñero sobre la leona herida en medio de la sabana. Eso que llamaban felicidad era imposible mientras tuviera que soportar todo el peso de sus cuentos, de sus sueños y de sus recuerdos. Ni el aroma de la lluvia le evocó aquella tarde de mayo, nada quedaba ya.
-Se dio la vuelta y volvió a pensar en los trenes.-
#29