martes, 1 de diciembre de 2009

Mensajero de desgracias

Mensajero de desgracias,

emblema del dolor y el miedo,

un Diablo con perspicacia

y un pájaro de mal agüero.


El mal encarnado en huesos,

frivolidad, mala fama, desprecio,

amargura, frustración,

amor sin deseo.


El romance de los cuervos,

un vagabundo maltrecho:

Soy verdugo del silencio

y no tengo sentimientos.


Aprendí a perder la guerra,

sin conocer la derrota.

Víctima de la soberbia

olvidé el color de las amapolas.


Las falacias que ignoré

no acallaron la injusticia.

Los deseos que desaté

se esfumaron con la brisa.


Mi reflejo se resignó

ante su propio rechazo

y una rosa regalé

para sentirme realizado.


Una reverencia indigna

ante los ojos del pecado.


Esa voz, sin pesar, ha demostrado,

intentando olvidar las misas

de un pastor degenerado,

con una cínica risa,

que su culpa no ha expiado.


Las mentiras no se besan,

la moral ya no es suicida,

sin voz mi pesar me pesa

emparedado en el muro de

[la agonía.


Duele la mezquindad dormida,

con carisma y dedicación

no pasó desapercibida

pero indiferente a los ojos

de la conciencia tranquila.


Herr Straßermann

jueves, 26 de noviembre de 2009

Silencio

Intenté escribirte un poema;

pero mis manos temblaban

frías e ilusas, las malditas,

perdidas en tu mirada.


Me enamoré de un silencio,

un silencio que aguardaba

rojo, inquieto, entre dos labios

que, impertinentemente, callaban.


Y las pupilas se abrieron,

nuestros ojos se cegaron con la

[luz del alba,

pero seguíamos mirándonos a los ojos

mientras el ruido cesaba.


No hay discurso de caballero

capaz de imponerse sobre nada,

no hay amor sin deseo

y no hay efecto sin causa.


Hoy no maldigo al destino

ni al reflejo de mi cara,

sigo andando mi camino

y sé que aún no se acaba.


Herr Straßermann

jueves, 10 de septiembre de 2009

Hauptbahnhof

Apenas recordaba qué hora era. A través de su mirada sin fuerzas se podía percibir el asfalto, un camino que, para cualquier transeúnte, habría pasado inadvertido, pero en su estado ni siquiera podía contemplar el levantarse y caminar erguida como una posibilidad. La noche la había destrozado y no había forma de dar marcha atrás.

Siempre le habían gustado los cuentos de hadas. Cuando era pequeña soñaba con un príncipe azul que la rescatase de su torre de marfil custodiada por un dragón borracho. Quizás comenzó a soñar demasiado pronto, desde fuera podía contemplarse una inocencia desollada por los cuchillos de su vida ingrata, y a lo mejor su inteligencia la hizo ver más allá de las simples apariencias. Una mañana se hartó y tiró sus muñecas, su príncipe azul se convirtió en algún adolescente rebelde sediento de un fuego que sólo ella podía proporcionarle, el dragón resultó ser un tipejo que podía abandonar en su castillo los fines de semana sin que se diera cuenta, y poco a poco se vio convertida en una amazona, una luchadora que había decidido plantarle cara a la vida con una pícara sonrisa y unas agallas tan bien puestas que valiente era el villano capaz de plantarles cara. De repente su vida pasó de ser un sueño a ser una novela negra condimentada con un buen escote, música electrónica y unos tacones tan altos como el orgullo con el que fue caminando hacia la libertad con paso firme desde Warschauer hasta Tegel.

Sin embargo seguía añorando sus cuentos, olvidó cómo la niña ingenua y temerosa de todo había logrado dejar atrás todo miedo e inseguridad, y ya ni siquiera recordaba el olor que tenía la mañana al despertarse, había olvidado lo que significaba madrugar, el sabor de las cerezas del patio de la casa de Wannsee, la fragancia de las rosas de mayo. Aun así no olvidaba el sabor del tabaco, de las tortas de mantequilla recién hechas por la mañana después de una noche de ebria vigilia, de la bilis rajándole la garganta mientras comprendía que quizás había bebido demasiado, el aroma de los conciertos, del sofá del número veintinueve de Friedrichstraße, del cuello de Matt, del humo que se escapaba de aquel trozo de papel de plata.

Y sin darse cuenta había amado y odiado tantísimas veces que ya no quedaba nada por aprender. Se percató de la intrascendencia de su ser más pronto de lo que pensaba, obligada a vomitar la realidad tan repentinamente que, casi fugazmente, los únicos que siguieron con ella fueron sus cuentos, las historias que le contaba al primo Daniel de pequeña, los líos amorosos con aquel chico que en realidad ni sabía que ella existía, las famosas conferencias sobre física nuclear de su abuela Agnes la limpiadora, su novio suizo que la llevó en limusina a París la noche en que le pidió el matrimonio que nunca se consumó, tantos eran sus cuentos y tan pocas las páginas de su memoria...

Pero sus cuentos son una especie de mezcla entre los turbios recuerdos de su pasado y unos sueños que jamás podrán terminar de cumplirse. Aunque si se intentaran salir del pasado, de su pasado, inmediatamente alguien levantaría la voz, el puño en el aire y los afilados colmillos desenfundados y listos para comerse de un bocado el mundo entero si hace falta para decir que los sueños son una rotunda estupidez, que la vida es demasiado complicada como para soñar, que hay que actuar y dejarse llevar por el impulso de la vida - “menos lobos, caperucita” - dijo desde su quemada torre.

Y sufrirá la ira de su implacable rencor todo aquel que se atreva a morir sin su permiso, quien tenga el valor de llamarla mentirosa, de negarle el saludo o de decirle lo que no quiere oír. No quedarán besos en los labios de sus príncipes para paliar sus imperdonables errores, las últimas palabras de Romeo fueron “¿qué coño lleva esta mierda?” hace ya treinta y siete sábados. Las ninfas se han montado una orgía con los querubines en el callejón en el que vomitó cuando aún creía estar libre de pecado, le han pegado una paliza a Tristán por meterle mano a Isolda por debajo del vestido y Electra ha matado a Edipo al verlo enrollándose con su padre, Barbie se está metiendo una ralla de MDA en el cuarto de baño mientras Ken le manda un mensaje a Nancy diciéndole de pasarla a recoger en veinte minutos en su descapotable y llevársela a un descampado, y no sabía aún por qué seguían carretera adelante, hacía media hora que pasaron por la puerta del cine…

Intentó alzar la vista como pudo, al parecer hacía rato que era de día, pero parecía hacer muchísimo más frío que anoche. Oskar estaba sentado a su lado, sin apenas poder moverse, todavía tenía una jeringa clavada en el antebrazo, pero a ella ya no le preocupaba lo que pensaran la gente de bien que viese el deplorable estado de una juventud que había logrado marchitarse en menos de cinco años. Se levantó como pudo y sintió cómo su propio hedor la envolvía, el vestido estaba más que roto y ni se paró a pensar qué habría sido de su maquillaje. Comenzó a andar hacia el número veintinueve, sin echar la vista atrás corrió calle arriba, sentía cómo su propio pasado la estuviera envolviendo, entonces aceleró el paso. Los dos tacones se le habían roto, pero ella continuó su carrera, realmente estaba sintiendo miedo, pero de repente comenzó a llover y el tiempo se paró.

“Un tren jamás se para hasta haber llegado a su destino”, pensó mientras una gota llegaba al labio saltándose todas las leyes de la lógica. No sabía si era lluvia, sudor, rinitis o una lágrima que se le había escapado del ojo sin pedir permiso siquiera, pero no podía cargarle el peso de sus frustraciones, porque esa lágrima había roto las cadenas de una prisión enterrada bajo arena en lo más oculto de sus sueños, esa magia que la envolvía cuando deleitaba a su público con las historietas más alucinantes jamás inventadas por el ser humano, el toque de dramatismo mezclado con un tesoro de vidas ajenas, experiencias realizadoras y un chorro de Jägermeister para hacer menos dolorosa su propia existencia. Y sin haberlo contemplado siquiera comenzó a ver el letrero de la estación central.

En ocasiones hasta ella se percataba que su vida era algo así como un bombardeo, condenada por lo impredecible de los estallidos, en alerta constante. Y se cansaba de guerra, sólo las voces de su pasado, que siempre sería mejor que su presente, eran capaces de calmarla sin que el horror que suponía el miedo a la pérdida de lo que, poco a poco, ha logrado perder importancia por sí solo desaparezca por completo. Algo así como un pánico irracional a perder lo que le quedaba de memoria, el amor perdido y los fracasos, la justificación a una vida que nadie, salvo ella, querría vivir… ¡deja de mirarme las tetas, cabronazo!

No la iba a dejar en paz jamás, el paso del tiempo no era suficiente como para librarla de aquel infierno, las lágrimas no cesaban, y las suyas ya se habían secado. Los rostros ya eran de mármol ennegrecido y el tronco del tercer árbol a su izquierda estaba lleno de pintadas, una auténtica estupidez pensar eso en aquel momento, pero de repente todo se había parado. Pero su corazón no se paraba y esa era su agonía. La paz ya se le había terminado y la vida se le echaba encima como un buitre carroñero sobre la leona herida en medio de la sabana. Eso que llamaban felicidad era imposible mientras tuviera que soportar todo el peso de sus cuentos, de sus sueños y de sus recuerdos. Ni el aroma de la lluvia le evocó aquella tarde de mayo, nada quedaba ya.

-Se dio la vuelta y volvió a pensar en los trenes.-

#29

lunes, 7 de septiembre de 2009

Humo

Mi cara comenzó a sentir cómo el viento intentaba cortarla, pero jamás iba a dejarse agredir por semejante inmundicia. Ya no quedaban apenas palabras para transformar los recuerdos de aquella mañana en bellas insinuaciones sin miradas, en hermosos poemas sin rima alguna, tampoco quedaba vida en aquellos labios. Tal era su deplorable imagen que llegué a pensar que llevaban razón cuando por la calle me gritaban “loco”, nada más lejos de la realidad si la contemplabas desde los ojos del incauto transeúnte que no ve en el vagabundo otra forma de vida que la que deambula junto a sus sueños esperando a que se frustren sin que las intangibles e inexistentes gotas del rocío que cubrirían su cara de no ser por su eterna caminata hacia lo incierto y desconocido, un paseo que duraría la vida entera si quedaran valientes que se hubieran atrevido a iniciar la marcha junto a él.

Lo llamaron asesino cuando aquella noche se dejó llevar por sus impulsos, se dejó quemar por el fuego y continuó retorciéndose en su propia desgracia a la espera únicamente de que todo se parara, un acto de impaciencia que, sin que nadie se percatara, le produjo cierta satisfacción sexual que muy pocos podrían haber llegado a comprender, por muy en su lugar que se pusiesen. Será porque fue consciente desde muy pequeño de que su destino era vagar solo y solamente las desgastadas vías del tren podían predecir el camino que iba a decidir tomar cuando se resolviese a subir en un vagón que muy probablemente pasaría sobre ellas.

Sin apenas darse cuenta se percató de que prefería enfocar el presente como si fuera pasado, y la primera persona como si fuese tercera. Supongo que fue un amago de alejarse de su persona, un intento de encontrar en su libreta algo de compañía, una compañía que pareciese entenderlo, pero desgraciadamente no iba a poder hacerlo jamás, por muy lejos que intentase ponerla.

Una mañana, tomando el típico café americano con hielo que solía permitirse cuando el día parecía prometer dinamismo, cuanto menos, se encendió un cigarro mientras leía las frases del azucarillo que ni se había molestado en abrir. Antes de darse cuenta se le empezaron a quemar los dedos con lo que quedaba del filtro y, como siempre, le levantó la tapa al cenicero para ver si tenía que pelearse con la porcelana por impedir que el humo que quedaba se le metiera en los ojos provocando una desagradable irritación, pero esta vez no hacía falta, alguien se había tomado la molestia de llenar el recipiente con un poco de agua, lo que obviamente apagaría lo que quedase del fuego que, gracias al vicio, había sido capaz de mantenerse despierto durante casi seis minutos y medio. Y al escuchar el crepitar de las insignificantes ascuas se sorprendió a sí mismo pensando en “ella”.

Al fin y al cabo la vida es como un cigarro; al parirnos la encienden con una especie de desagradable mechero cargado de tópicos inútiles y poco a poco nos la vamos fumando. Los más ansiosos suelen tardar poquito en terminársela, pero habrán disfrutado de exuberantes caladas, obviamente, de las que se sentirán orgullosos y al rato se estarán cagando en todo porque no dure más. Otros no se la fuman, la dejan en un cenicero y luego se pasan los últimos dos minutos lamentándose por no haber aprovechado el tiempo perdido. El filtro debe ser algo así como la vergüenza o el miedo, algo que en su justa medida está bien, pero que si lo quemas no puedes seguir fumando a no ser que lo arranques y te pases el resto de tu existencia tragando monóxido de carbono. Luego siempre hay algún imbécil que te pide una calada y te llena la boquilla de babas, no vas a arrancarla pero jode, obviamente, aun al estar hablando de un pitillo excesivamente grande pues supongo que con el tiempo se secarán, pero lo más seguro es que te estés acordando de los fluidos del tipo durante muchísimo tiempo.

Siempre había visto un gran gesto de consideración por parte de los propietarios de un local ofrecer un cenicero a cada mesa de la zona de fumadores, y aún mayor llenarlo de agua, no sólo para ofrecer la comodidad de librarse de lo inútil de forma rápida, sino por el placer que suscita el sentir cómo la llama muere, la posibilidad que ofrece de valorar el instante, el cambio de estado absoluto entre la voluntad y el hecho, la toma de decisiones, un placer que ni el caballero más maduro puede tomar fácilmente, pero es ahí mismo donde está la gracia.

Por un momento imaginó que se encontraban cara a cara, por fin, que le pedía prestado el azucarillo para poder verter su contenido en su empalagoso capuchino con chocolate y crema de leche, como a ella le gustaba, justo después de haberlo dopado aún más con su propio sobre de azúcar. Le encantaba el café excesivamente dulce, una de las innumerables cosas que odiaba y amaba de ella al mismo tiempo. Hablaría de algo banal mientras le robaba todas las palabras, una especie de deseo fulminante lo habría invadido por dentro y el deseo de hacerle el amor en la misma mesa en la que estaban desayunando habría aflorado de no ser por la mirada recatada que siempre osaba ofrecerle ante los instintos salvajes que sus propios miedos le habían obligado a reprimir, y maldijo su chantaje una vez más mientras dejaba caer al suelo su mechero.

Sin que nadie se percatara se agachó a recogerlo. Cuando por fin se enderezó comenzó a juguetear con él, pensando en lo que iba a pasar aquella noche. Repentinamete lo cerró de un modo asombrosamente brusco y, con la otra mano, apuntó hacia el cuadro que tenía enfrente con el pulgar, el índice y el corazón fuera del puño. No hizo falta ni decir “bang” para que se dibujase en su rostro la sonrisa que sólo el más dedicado sentimiento de venganza puede esbozar sobre una cara rebanada diagonalmente por la sucia vanidad del rencor más fríamente cultivado.

#29

miércoles, 26 de agosto de 2009

Insomnio II

Le gustaría haberse levantado antes. Se dice que si permaneces despierto nada puede pillarte de improviso y es francamente difícil merendarse una desagradable sorpresa cuando estás ahí siempre, sin esperarla, pero recibiendo absolutamente toda la información. Pero él no podía estar sin dormir, no era como aquella gente que decía haber estado días enteros sin pegar ojo, desafiando las leyes del organismo, aquella panda de embusteros que sólo saben exagerar para atribuir las casualidades de la vida a los escasos méritos personales que tienen. Era incapaz de mentir. Antes lo hacía muy bien, de hecho la gente se solía sorprender bastante con la facilidad que tenía para hacerlo, muchas veces de forma automática e indiscriminada, tan descarado que el mismísimo Diablo se habría sorprendido al percibir semejante sarta de calañas y falacias que, sin ningún pudor ni respeto por la moral ni la decencia, nacía de la boca de aquel ser que, durante años, habría pasado perfectamente por la reencarnación de Judas Iscariote, mis excusas por la blasfemia.

Pero él ya no era capaz de mentir. Hacía cosa así de unos meses que alguien le hizo ver que sus mentiras iban a ser vulnerables ante las bocas de los chivatos, de esa gente que habla más de la cuenta para desprestigiar las fantasías de los demás, y si imponían justicia nadie se la había pedido. Recordaba a un muchacho de su colegio, el delegado de la clase si no me falla la memoria, al que no le importaba mentir con tal de llamar la atención y captar una buena reputación, aunque fuera jugando sucio, daba igual quién mintiera mejor, simplemente había que salvar el pellejo y ahí no importaba quién mintiese mejor, sino quién era capaz de tener la sangre fría de traicionar la confianza de los demás sin importarle las consecuencias. Jamás llamó al pequeño Helmutt “amigo”, pero con Elsa fue diferente.

En el momento ni quiso pensar si Elsa tenía verdaderos motivos para hacer lo que hizo, pero llegados a extremos ya no podía hacer nada, supongo que siguió enamorado de ella hasta el final, pero afortunadamente de eso nadie tuvo consciencia, simplemente pensaron que Elsa era una celosa despechada que le traicionó por rencor, y si enfocásemos la situación desde otro punto de vista a lo mejor podríamos ver que los roles se disponían prácticamente a la inversa, pero a Franz se le daba muy bien mentir, como ya he dicho, y lo que mejor se le daba era ocultar sus sentimientos, tanto que a veces se olvidaba de que los tenía.

Apenas podía dormirse, así que metió la cabeza bajo la almohada y vio una fotografía de Elsa, supongo que se le había olvidado quemarla. Se preguntó por qué jamás le había confesado sus sentimientos y, acto seguido, otro de esos golpes de desconfianza le arrebató otro desprendimiento onírico, estaba claro que si Elsa hubiera sabido que Franz estaba enamorado de ella probablemente le hubiera roto el corazón de una forma muchísimo más despiadada, y a Franz le bastó con recordar el año en el que Elsa le fue poco a poco chupando la vida para sentirse tranquilo, no por estar solo sino por haberse alejado finalmente de ella.

Y sin más dilación se dispuso a cerrar los ojos. Las ovejitas se habían convertido en globos aerostáticos y la valla era una hermosa mujer pelirroja con un puñal detrás de la espalda. Una lanza de consciencia entró en sus sueños y cuando se despertó, dos horas más tarde, le faltó tiempo para pensar que si no seguía solo se iba a volver a repetir la historia de Elsa, una y otra vez, hasta que la muerte los separase.

-No- Dijo Franz con cierta seguridad absolutamente fingida.

#29

lunes, 22 de junio de 2009

Mar

Un beso frágil sobre la arena, un golpe fuerte de sal contra la nariz, más conmovedor que el impacto que derraman las montañas azules que enmarcan en un instante al horizonte sobre la piedra, tan frágil, y entre las rocas, susurrando con una suavidad quizás comparable a la concha que, sin querer, se ha posado junto a la huella de la espuma del mar, se escucha la sinfonía de una eternidad de silencio, vida, soledad y pasión que no se cansa de terminar un preludio de atardeceres, luna llena y sol abrasador sobre lo más parecido a Dios que he contemplado en mi cortísima vida.

Y, de repente, a mitad del libro, se encontró con una página que le incitó inevitablemente a volver al principio, a darse cuenta de que jamás debería haberlo empezado. Inmediatamente después se fue corriendo a la orilla, novela en mano, y arrojó las letras eternas lo más cerca de la luna que pudo, ya que no podía esperar a que el sol de verano las quemase.

Guárdate las rosas, le dijo, ahora sólo queda tiempo para dejarlas crecer, sin pensar en quién se merece que se las regales. ¿Un beso? Darte un beso sería como un suicidio (tu suicidio), no queda forma alguna de hacerte saber cuánto significas para mí, pero tampoco es propicio ningún tipo de voluntad para que te percates de ello, ya no.

Pero dejarás tu corazón en el mar, junto con las ganas de seguir rajándote la garganta. Tu destino es tuyo y no se parece a ninguno de los que hayas podido ver hasta ahora.

-Y en cuanto se dio cuenta se dirigió a la cama, cerró los ojos y durmió. Como un león que encuentra un hueco entre las rocas, entre sus rocas.-

martes, 2 de junio de 2009

Por siempre

Querida Victoria, te escribo para darte una triste noticia.

Dejé que todo siguiera su curso para ver si así podía sorprenderme, por si el fallo se encontraba en mi obsesión por cambiar el transcurso del destino. Pero el problema está en que ese camino parece llevarme sin remedio adonde no quiero ir, me guía poco a poco a ese abismo al que no quería enfrentarme.

Se acaban las palabras, ya no sale fuego por la boca y las hojas sólo caen, no se dejan llevar por el viento. El poema otoñal pereció en cuanto llegó el invierno,  el fuego de aquella hoguera se apagó con la lluvia primaveral, y ahora las rosas se secan con el sol de junio mientras mi vida se consume poco a poco sin poder hacer yo nada para cambiarla. Oh, todo lo que sentí ha quedado atrás, ya no queda forma alguna con la que poner en orden mis propósitos, mis ambiciones, mis sentimientos. El deseo se atenúa y todo parece a simple vista ir mejor que antes, pero se me acaban las fuerzas para continuar y echo de menos algo de aquel infierno en el que decidí refugiarme para ver si ardían mis horas de agonía, pero fuera de eso me enfrío.

¿Por qué te fuiste, Victoria? A veces siento que, estés donde estés, guardas esa rosa para mí, para cuando vuelva a verte, pero me da rabia olvidarme de ti en estos momentos, porque hacerlo supone dejar atrás una parte de mí mismo y no, no quiero hacerlo, pero sospecho que no me queda opción alguna. Me molesta saber que llevabas razón, que no te amaba tanto como parecía, de hecho en ocasiones tiendo a pensar que en el amor soy tan poco constante como conmigo mismo.

Esta noche se ha incendiado una cabaña y he pensado en ti, pero antes de eso me he parado a mirar las llamas y algo me recordó que una tormenta de arena barrió mi memoria, y por eso he decidido ir a buscarte hoy debajo de las dunas, al lado de la playa de piedras en la que se edificó nuestro amor. En ese desierto todos los castillos son de arena, las penas se van con el sol y, de noche, hace mucho, mucho frío. Por eso te tengo que decir que, la próxima vez que un torbellino entierre nuestros corazones, no sé si podré volver a coger la pala para buscarte, y no quiero dejarte con la carga de tener que hacerlo por mí, porque no te mereces atarte a una persona que ni es capaz de acordarse de lo que sentía por ti, no quiero que estés ahí cuando el viento del norte se ensañe con nuestro amor, cuando mi mente se erosione, de nuevo.

Y ahora no sé si te amo, lo que sé es que cada día me duran menos tus promesas, tus besos suspendidos en el aire. Cada día me apasionan menos tus rompedoras críticas y cada día añoro menos tu voz. No sé si me duele o simplemente estoy olvidando eso también. De hecho ni tan siquiera me expreso como es debido en esto que te estoy escribiendo, que no sé aún si es una carta, una revelación, una ruptura o simplemente un amago de mantener el contacto contigo sin poder evitar serte sincero, y ni aún estoy seguro de eso. A lo mejor la rosa se está secando.

Si mañana muero no quiero que busques mi tumba, no quiero que llores una eternidad por lo que fui para ti, porque ya se me están acabando las fuerzas para querer por encima de todo que permanezcas a mi lado. Llegados a este punto me quedo con que seas feliz, con que no te preocupen mis sentimientos, nada de lo que me pueda pasar, ni siquiera la muerte.

Adiós, recuérdame por siempre.

-Y si había algo más escrito las lágrimas lo borraron-

Herr Straßermann.