Intenté escribirte un poema;
pero mis manos temblaban
frías e ilusas, las malditas,
perdidas en tu mirada.
Me enamoré de un silencio,
un silencio que aguardaba
rojo, inquieto, entre dos labios
que, impertinentemente, callaban.
Y las pupilas se abrieron,
nuestros ojos se cegaron con la
[luz del alba,
pero seguíamos mirándonos a los ojos
mientras el ruido cesaba.
No hay discurso de caballero
capaz de imponerse sobre nada,
no hay amor sin deseo
y no hay efecto sin causa.
Hoy no maldigo al destino
ni al reflejo de mi cara,
sigo andando mi camino
y sé que aún no se acaba.
Herr Straßermann

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