Mi cara comenzó a sentir cómo el viento intentaba cortarla, pero jamás iba a dejarse agredir por semejante inmundicia. Ya no quedaban apenas palabras para transformar los recuerdos de aquella mañana en bellas insinuaciones sin miradas, en hermosos poemas sin rima alguna, tampoco quedaba vida en aquellos labios. Tal era su deplorable imagen que llegué a pensar que llevaban razón cuando por la calle me gritaban “loco”, nada más lejos de la realidad si la contemplabas desde los ojos del incauto transeúnte que no ve en el vagabundo otra forma de vida que la que deambula junto a sus sueños esperando a que se frustren sin que las intangibles e inexistentes gotas del rocío que cubrirían su cara de no ser por su eterna caminata hacia lo incierto y desconocido, un paseo que duraría la vida entera si quedaran valientes que se hubieran atrevido a iniciar la marcha junto a él.
Lo llamaron asesino cuando aquella noche se dejó llevar por sus impulsos, se dejó quemar por el fuego y continuó retorciéndose en su propia desgracia a la espera únicamente de que todo se parara, un acto de impaciencia que, sin que nadie se percatara, le produjo cierta satisfacción sexual que muy pocos podrían haber llegado a comprender, por muy en su lugar que se pusiesen. Será porque fue consciente desde muy pequeño de que su destino era vagar solo y solamente las desgastadas vías del tren podían predecir el camino que iba a decidir tomar cuando se resolviese a subir en un vagón que muy probablemente pasaría sobre ellas.
Sin apenas darse cuenta se percató de que prefería enfocar el presente como si fuera pasado, y la primera persona como si fuese tercera. Supongo que fue un amago de alejarse de su persona, un intento de encontrar en su libreta algo de compañía, una compañía que pareciese entenderlo, pero desgraciadamente no iba a poder hacerlo jamás, por muy lejos que intentase ponerla.
Una mañana, tomando el típico café americano con hielo que solía permitirse cuando el día parecía prometer dinamismo, cuanto menos, se encendió un cigarro mientras leía las frases del azucarillo que ni se había molestado en abrir. Antes de darse cuenta se le empezaron a quemar los dedos con lo que quedaba del filtro y, como siempre, le levantó la tapa al cenicero para ver si tenía que pelearse con la porcelana por impedir que el humo que quedaba se le metiera en los ojos provocando una desagradable irritación, pero esta vez no hacía falta, alguien se había tomado la molestia de llenar el recipiente con un poco de agua, lo que obviamente apagaría lo que quedase del fuego que, gracias al vicio, había sido capaz de mantenerse despierto durante casi seis minutos y medio. Y al escuchar el crepitar de las insignificantes ascuas se sorprendió a sí mismo pensando en “ella”.
Al fin y al cabo la vida es como un cigarro; al parirnos la encienden con una especie de desagradable mechero cargado de tópicos inútiles y poco a poco nos la vamos fumando. Los más ansiosos suelen tardar poquito en terminársela, pero habrán disfrutado de exuberantes caladas, obviamente, de las que se sentirán orgullosos y al rato se estarán cagando en todo porque no dure más. Otros no se la fuman, la dejan en un cenicero y luego se pasan los últimos dos minutos lamentándose por no haber aprovechado el tiempo perdido. El filtro debe ser algo así como la vergüenza o el miedo, algo que en su justa medida está bien, pero que si lo quemas no puedes seguir fumando a no ser que lo arranques y te pases el resto de tu existencia tragando monóxido de carbono. Luego siempre hay algún imbécil que te pide una calada y te llena la boquilla de babas, no vas a arrancarla pero jode, obviamente, aun al estar hablando de un pitillo excesivamente grande pues supongo que con el tiempo se secarán, pero lo más seguro es que te estés acordando de los fluidos del tipo durante muchísimo tiempo.
Siempre había visto un gran gesto de consideración por parte de los propietarios de un local ofrecer un cenicero a cada mesa de la zona de fumadores, y aún mayor llenarlo de agua, no sólo para ofrecer la comodidad de librarse de lo inútil de forma rápida, sino por el placer que suscita el sentir cómo la llama muere, la posibilidad que ofrece de valorar el instante, el cambio de estado absoluto entre la voluntad y el hecho, la toma de decisiones, un placer que ni el caballero más maduro puede tomar fácilmente, pero es ahí mismo donde está la gracia.
Por un momento imaginó que se encontraban cara a cara, por fin, que le pedía prestado el azucarillo para poder verter su contenido en su empalagoso capuchino con chocolate y crema de leche, como a ella le gustaba, justo después de haberlo dopado aún más con su propio sobre de azúcar. Le encantaba el café excesivamente dulce, una de las innumerables cosas que odiaba y amaba de ella al mismo tiempo. Hablaría de algo banal mientras le robaba todas las palabras, una especie de deseo fulminante lo habría invadido por dentro y el deseo de hacerle el amor en la misma mesa en la que estaban desayunando habría aflorado de no ser por la mirada recatada que siempre osaba ofrecerle ante los instintos salvajes que sus propios miedos le habían obligado a reprimir, y maldijo su chantaje una vez más mientras dejaba caer al suelo su mechero.
Sin que nadie se percatara se agachó a recogerlo. Cuando por fin se enderezó comenzó a juguetear con él, pensando en lo que iba a pasar aquella noche. Repentinamete lo cerró de un modo asombrosamente brusco y, con la otra mano, apuntó hacia el cuadro que tenía enfrente con el pulgar, el índice y el corazón fuera del puño. No hizo falta ni decir “bang” para que se dibujase en su rostro la sonrisa que sólo el más dedicado sentimiento de venganza puede esbozar sobre una cara rebanada diagonalmente por la sucia vanidad del rencor más fríamente cultivado.
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Te aseguro que la reflexión sobre el cigarro y el filtro hace hasta suavizar e ironizar todo el conjunto, e incluso diría que se prepara para el gran final.
ResponderEliminarMe gusta lo que haces, y siempre que hagas algo, avísame que me pase y te lo comente.
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